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Las pirámides del aprendizaje podrían ser los restos de una religión

9 Sep

Un poco es por llamar la atención, pero el título de la entrada tiene su lógica y su sentido. Espero que se vea más adelante.

En 2013 publiqué una entrada sobre el cono de Edgar Dale, también conocido como la pirámide del aprendizaje o la milonga esa de que aprendemos el 10% de lo que leemos, el 15% de lo que escuchamos (¿o era el 20%?). El objetivo de la entrada era mostrar cómo esas representaciones son una leyenda urbana de la educación o neuromito sin ningún fundamento.

No he sido el único que ha intentado mostrar lo sospechosas que son esas pirámides. Por ejemplo, Héctor Ruiz ha tratado el tema en un recomendable hilo de Twitter. Tenemos este texto en la web de Javier Díaz o este artículo de la web Sobrevivientes.

Pero también hay algunos despistadillos que aún dan como cierto este modelo de aprendizaje y lo difunden como si fuera cierto y basado en pruebas científicas. Por ejemplo, tenemos este artículo publicado en la Revista digital de innovación educativa de la Universidad Complutense, este artículo de UNIRrevista, en el que se califica la camaleónica pirámide como teoría del aprendizaje o este impresionante diagrama en el que los niveles de la pirámide se relacionan con distintos estilos de aprendizaje. Seguro que es fácil encontrar más ejemplos, pero dos de estos tres están publicados en revistas universitarias y el tercero proviene de un curso de educación medioambiental ofrecido por el Ministerio del Ambiente de Perú.

La pirámide del aprendizaje es como el cuento del traje nuevo del emperador, pero en una versión tétrica en la que después de que varias personas griten que el emperador está desnudo todavía hay gente que insiste en que el traje es magnífico y van a hacerse uno con el mismo sastre.

En mi entrada de 2013, mostraba el cono de la experiencia, de Edgar Dale, publicado en 1946, y modificado varias veces e años posteriores, como origen de las pirámides del aprendizaje, pero esto no era correcto. Raúl Gerardo Ortiz, un lector del blog, ha aportado una referencia a una publicación de los noruegos Kåre Letrud y Sibjørn Hernes titulada Excavando el origen de los mitos de la piramide del aprendizaje. El artículo expone cómo las pirámides no tienen su origen en ningún estudio empírico ni se ajustan al conocimiento actual de la psicología del conocimiento, pero lo más llamativo es que sitúan su origen unos cuantos años antes de la publicación del cono de Dale.

Letrud y Hernes, han encontrado textos del siglo XIX que comparan el recuerdo que mantenemos de lo aprendido de distintas formas. Uno de 1852, firmado por C. W. Jun dice:

Se ha señalado de forma cierta y elocuente que lo que leemos, a menudo no consigue producir una impresión duradera en la mente; que lo que oímos no encuentra una residencia permanente en la memoria; pero lo que vemos queda grabado en el recuerdo, sobrevive a todas las vicisitudes y cambios que podamos encontrar, su imagen siempre está a nuestra disposición, y no pocas veces acompaña a su poseedor hasta las últimas horas de su estancia terrenal.

Este tipo de afirmaciones parece ser parte de la psicología popular. De hecho, el señor Jun no dice que se le haya ocurrido a él, sino “se ha señalado”. En otro comentario del blog, la lectora Lucila Luna nos señalaba una máxima de (o atribuida a) Confucio que dice “Lo oí y lo olvidé, lo ví y lo aprendí, lo hice y lo entendí”. Pero en 1906 se publicó algo que nos resultará mucho más familiar. Los porcentajes entre paréntesis los he añadido yo y equivalen a las cantidades que el autor expresa en décimos.

Recordamos un décimo (10%) de lo que oímos, cinco décimos (50%) de lo que vemos, siete décimos (70%) de lo que decimos y nueve décimos (90%) de lo que hacemos […] se puede dudar de que esto sea cierto en todos lo adultos, pero en los niños, probablemente la impresión que se forma a través de la vista es es diez veces mayor que la que se forma a través del oído. El niño recuerda un décimo (10%) de lo que oye, pero retiene cinco décimos (50%) si también ve y siete décimos (70%) si después lo expresa y nueve décimos (90%) si puede aprenderlo a través de su propia acción.

No deja de haber algún problema en este texto, como la idea que tiene el autor del significado de “10 veces mayor” o que en la primera parte distingue modalidades de aprendizaje (se aprende más viendo que oyendo) y en la segunda parte parece encadenarlas (se aprende más oyendo y viendo que solo oyendo).

Reverendo Charles Roads

¿Quién fue el autor de este texto al que solo le faltaba el gráfico del triangulillo, dónde se publicó, qué investigación realizó para obtener esas proporciones? El texto fue escrito por el reverendo Charles Roads y publicado en The Sunday School Journal and Bible Student’s Magazine. El reverendo hablaba de la utilidad de disponer láminas sobre la Biblia en las paredes de la escuela dominical (la catequesis para nosotros). Creo que se empieza a vislumbrar que lo de que las pirámides del aprendizaje podrían ser restos de una religión tiene cierto sentido. Como ya podíamos sospechar, el texto, no va acompañado por ningún dato de investigación ni hace referencia a ningún estudio.

Termino con una referencia a Ken Masters, que expone cómo el uso de la pirámide se ha incrementado en textos de educación médica. Este autor considera que una razón podría ser que las críticas y refutaciones a la pirámide están siendo muy educadas, de modo que mucha gente considera que es un asunto debatido. Propone una postura más clara, concretamente:

La pirámide [del aprendizaje] es una mierda, las estadísticas [que incluye] son una mierda y no proceden de Edgar Dale. Hasta que NTL [National Training Laboratories] no proporcione detalles sobre la investigación que la fundamenta, su versión también debe ser tratada como una mierda.

El cono de Edgar Dale ¿dejamos de leer?

29 Ene

Seguro que alguna vez has oído algo parecido a que aprendemos o recordamos el 10% de lo que leemos, el 20% de lo que oímos, y varias otras cosas más hasta llegar al 90% de lo que decimos y hacemos. Tal vez hayas visto lo mismo explicado en un dibujo con forma de pirámide, en el que en el vértice se sitúa la lectura. Ese gráfico se conoce como el cono de Dale, por Edgar Dale, un pedagogo estadounidense. Existen varias versiones (eso lo hace muy sospechoso) pero en casi todas, la lectura aparece como la forma de aprendizaje más ineficiente, y la experiencia directa como la más eficaz.

Una versión del cono

Solo durante este curso ya he tenido contacto con dos asesores que se han basado en el bendito cono para justificar la necesidad de un cambio de método en educación. Estoy a favor de la variedad de métodos educativos, pero con al segundo experto le expresé mis dudas sobre el modelo. Aunque el modelo fuera cierto, eso no tiene por qué significar que la lectura sea un mal método de aprendizaje: el 10% de lo que leemos en una hora puede ser mucha más información que el 70% de lo que debatimos en una hora.

Pensé que el señor Dale habría hecho alguna investigación sobre el aprendizaje humano y que aclararía bastante las cosas el saber qué midió y cómo lo hizo, porque, sencillamente, existen distintos tipos de aprendizaje, y no espero que nadie aprenda a nadar leyendo un manual, pero tampoco creo que montar una obra de teatro, o ponerse a mezclar elementos químicos (90% de recuerdo) sean formas eficientes de aprender la formulación química. No tuve que esforzarme mucho para darme cuenta de que el modelo no tenía un gran fundamento. La entrada sobre Edgar Dale en la Wikipedia ya señala que los porcentajes que acompañan al cono fueron añadidos por otra persona, sin una base científica.

Un poco de historia del cono (de Dale)

Dale (1969)

Michael Molenda, un profesor de la Universidad de Indiana, escribió poco antes de jubilarse una entrada sobre el cono (el de Dale) y su historia en Educational Technology: an Encyclopedia. Según el profesor Molenda, El cono apareció por primera vez en 1946 en el libro de texto Audiovisual Methods in Teaching. Dale publicó otras dos versiones del cono en reediciones del libro, en 1954 y 1969. Las categorías que empleó Dale eran:

  1. Símbolos verbales.
  2. Símbolos visuales.
  3. Imágenes fijas / grabaciones / radio.
  4. Películas.
  5. Exposiciones.
  6. Viajes de campo.
  7. Demostraciones.
  8. Representación dramática.
  9. Experiencias forzadas.
  10. Experiencias directas e intencionales.

En 1954 añadió la televisión a esa lista. Nunca se llamó el cono del aprendizaje, sino que su nombre fue “cono de la experiencia”, y el propio Dale advirtió contra su mal uso afirmando que las categorías del cono no debían considerarse como rígidas e inflexibles, ni como una jerarquía con distintos rangos. En la tercera edición del libro, el autor tuvo que dedicar algunas páginas a las malas interpretaciones del esquema como creer que una actividad es más valiosa cuanto más realista resulta o que el aprendizaje mejora si se comienza con la experiencia directa y luego pasa a actividades abstractas (no puedo evitar pensar en el movimiento de las competencias y en el constructivismo). Dale nunca añadió porcentajes a su cono, ni afirmaciones del tipo “al cabo de dos semanas recordamos…”. Los porcentajes parecen surgir en el entorno de una compañía petrolífera.

Molenda considera que la intención de Dale al proponer el cono era descriptiva, algo así como un esquema o resumen de lo que se iba a tratar en el libro, y no prescriptiva (un modelo de cómo tiene que ser el aprendizaje). Al mismo tiempo, Molenda reconoce que las explicaciones de Dale son bastante vagas, lo que permite realizar distintas interpretaciones del cono.

Will Thalheimer, autor de un interesante blog sobre psicología del trabajo y del aprendizaje, afirma que los porcentajes que suelen acompañar al cono de Dale aparecieron publicados por primera vez en 1967, en un artículo de D.G. Treichler que no citaba ninguna investigación que diese respaldo a los números. A partir de ahí la cosa se vuelve divertida. A pesar de que la investigación desacredita la propuesta, el esquema tiene un gran éxito y es utilizado por mucha gente, y algunos alteran el contenido del esquema y los números que lo acompañan para “ajustarlo” a sus intenciones, y sin tener ninguna evidencia que justifique los cambios. Cualquiera puede buscar en google distintas versiones del esquema para darse cuenta de que hay algo raro en el asunto.

Puesto que la mayor parte de las personas que emplean versiones apócrifas del cono de la experiencia lo hacen de buena fe, no cabe hablar de fraude, aunque en algunos casos particulares sí que se puede pensar en un uso fraudulento (tratar de hacer pasar por verdadera una manipulación del esquema) o al menos en desidia por citar trabajos… que no se han molestado en consultar (claro que si tu perspectiva es que solo recordamos el 10% de lo que leemos, para qué vas a perder el tiempo en leer los trabajos que citas).

El cono no es un buen modelo de aprendizaje

Quería hacer una reflexión sobre la complejidad del aprendizaje humano, los distintos tipos de aprendizaje y lo excesivamente simple que resulta el modelo que aparece en el cono. Voy a comenzar por traducir un fragmento del Dr. Thalheimer que lo explica muy bien.

¿Cómo consiguieron comparar “leer” con “ver”? ¿No tienes que “ver” para “leer”? ¿Qué significa “colaboración”? ¿Se trata de dos personas hablando sobre la información que están aprendiendo? ¿Entonces no estaban “oyendo” lo que el otro decía? ¿Qué significa “hacer”? ¿Cuánto “hicieron”? ¿Lo “hicieron” correctamente o alguien les corrigió? Si les corrigieron ¿cómo sabemos que el aprenzaje viene de lo que “hacemos” y no de las indicaciones que nos dan para hacerlo bien? ¿De verdad alquien se cree que la gente aprende más “oyendo” una lección que “leyendo” el mismo material? ¿Acaso la gente que lee no tiene la ventaja de marcar su propio ritmo y poder volver sobre el material que no han entendido? ¿Cómo puede ser que la investigación que sustentaría los números solo encontrase porcentajes múltiplos de 10? ¿Quizá esto sugiere una revisión de la literatura sobre el tema? Si fue así, ¿no deberíamos saber cómo se hizo esa revisión?…

Aunque Dale llamó a su esquema “cono de la experiencia”, en la actualidad se nos presenta como un modelo del aprendizaje, y no todos los aprendizajes son iguales. No se aprende a recortar con una tijera leyendo un manual. Ver a alguien haciéndolo puede ayudar bastante, pero construir un modelo de tijera o hacer y exponer un trabajo en grupo sobre las tijeras no van a acercarnos mucho a la meta. Hay aprendizajes difíciles de practicar, como saber que Lope de Vega escribió El Caballero de Olmedo en el siglo XVII, y aprendizajes con los que es preferible no tener experiencias directas como los elementos radiactivos, los tsunamis o la esclavitud.

Incluso cuando los escolares van a visitar un río (normalmente solo una parte) son los conocimientos con los que acuden a la visita los que les permiten interpretar y asimilar lo que ven. Y la cosa se complica mucho porque ¿de dónde han salido esos conocimientos previos? Creo que algunos griegos de antes de nuestra era ya discutían sobre el tema, y seguimos haciéndolo…