La velocidad lectora es un indicador que puede tener su utilidad, y es relativamente fácil de calcular. El alumno lee un texto, se cuenta el número de palabras que ha leído, se mide el tiempo que ha tardado en leerlo y con esos datos se puede calcular el número de palabras por minuto que ha leído. Cuando hay problemas en la precisión de la lectura puede ser más útil otro indicador que es el número de palabras correctamente leídas por minuto. En ese caso basta con restar los errores del número de palabras leídas. En investigación se utilizan otros indicadores como el tiempo medio de lectura por cada palabra del texto, que en realidad es una variante del número de palabras por minuto, una medida más tradicional y más comprensible en educación. Todo esto supone que el alumno está leyendo en voz alta, pero la lectura en voz alta es una actividad que se hace pocas veces fuera del colegio. En realidad la misma forma de calcular la velocidad de lectura en voz alta se puede utilizar para calcular la velocidad de la lectura silenciosa, pero en ese caso, no es posible saber si el alumno realmente ha leído el texto completo. En educación puede ser suficiente con dar por supuesta la buena voluntad del alumno y tomar esa medida, pero en investigación es bastante insatisfactoria, porque es demasiado global, y el tiempo que el alumno dedica a leer cada palabra, oración o parte de ella puede dar una información importante sobre su comprensión.
Métodos más sofisticados para medir la velocidad en la lectura silenciosa

Imagen enlazada de la web de Sidney D’Mello
El caso es que existen otros métodos para medir la velocidad en la lectura silenciosa que se pueden dividir en métodos de seguimiento ocular, lectura autoadministrada y métodos de lápiz. Los métodos de seguimiento ocular utilizan un sistema de cámaras que registra los movimientos oculares, siendo posible conocer qué palabra del texto está mirando el lector y cuánto tiempo dedica a su lectura. Su inconveniente es que ponen al lector en una situación bastante artificial en la que normalmente tienen que leer en una pantalla, con unas gafas especiales, y manteniendo quieta la cabeza. Sin embargo la tecnología de seguimiento ocular avanza y los dispositivos que se utilizan son cada vez más discretos. En la lectura autoadministrada el texto aparece en una pantalla, pero no completo, sino que cada vez que el lector pulsa una tecla aparece una nueva palabra o fragmento del texto. Un programa de ordenador calcula el tiempo que transcurre entre una pulsación y otra. Aunque este sistema es menos preciso que el seguimiento ocular porque el lector puede pulsar la tecla sin haber leído el fragmento de texto que se le ha presentado, o porque no tiene en cuenta si se vuelve hacia atrás en el texto, tiene una gran ventaja: se puede aplicar a varios alumnos de forma simultánea. Sin embargo, los colegios no cuentan con instrumental para el seguimiento ocular ni para la lectura autoadministrada, por eso para ellos puede ser importante una tercera forma de evaluación: los “métodos de lápiz” en los que el alumno va subrayando la parte de texto que está leyendo, o simplemente lee, y cuando el profesor da una señal rodea la palabra que está leyendo en ese momento. Nuevamente dependemos de la buena voluntad del alumno (que se presupone) y la información que proporciona el método es menor que la de los dos primeros, pero como ventaja, es económico, se puede aplicar en grupo, y es el menos artificial de todos.
Un nuevo método
Lo que he estado diciendo puede ser interesante para fanáticos de la evaluación de la lectura o como recurso para ayudar a insomnes a conciliar el sueño, pero lo cuento para señalar que se está utilizando un método nuevo de evaluar la velocidad de lectura silenciosa. Se trata de un método mixto que aprovecha las posibilidades de las tabletas digitales. Se trata de una combinación entre los métodos de lápiz y la lectura autoadministrada, en el que se enseña al alumno a subrayar lo que lee, parando cuando para la lectura, y subrayando hacia atrás cuando vuelve atrás en el texto. Lo peculiar del método es que el alumno lee en una tableta con un programa que registra y analiza los movimientos del lápiza en la pantalla. Eso permite calcular su velocidad de lectura, pero también tener una estimación de cuánto tiempo dedica a cada parte del texto, y saber si ha necesitado volver hacia atrás. Se puede encontrar más información sobre el uso de este método en el artículo Silent reading fluency using underlining, de Katherine W. Price, Elizabeth B. Meisinger, Max M. Lowerse y Sidney K. D’Mello.
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